viernes, 15 de julio de 2011

Contratapa|Viernes, 15 de julio de 2011

Historia de un amor

Por Juan Forn
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Miren la pareja de la foto, proyéctenla al futuro y sobreimprímanle estas frases: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos, pero sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos, porque te amo más que nunca”. Ahora imaginen que esas frases son el comienzo de una carta, de él a ella, una carta de cien páginas que él irá escribiendo noche a noche, mientras ella duerme en el cuarto de arriba de una casita rodeada de árboles, en las afueras del pueblito de Vosnon, en la región francesa del Ausbe. Menos de un año después, la policía local hará ese trayecto, alertada por una nota pegada en la puerta de la casa: “Prévenir à la Gendarmerie”. La puerta está abierta. En la cama matrimonial del cuarto de arriba yacen en paz André Gorz y su esposa Dorine. A un costado, unas líneas escritas a mano, dirigidas a la alcaldesa del pueblo: “Querida amiga, siempre supimos que queríamos terminar nuestras vidas juntos. Perdona la ingrata tarea que te hemos dejado”.
Poco antes, Gorz había terminado de escribir aquella larga carta a su esposa Dorine y se la había enviado a su editor de siempre, que la publicó con el título Carta a D. Historia de un amor. En la última página, dice Gorz: “Por las noches veo la silueta de un hombre que camina detrás de una carroza fúnebre en una carretera vacía, por un paisaje desierto. No quiero asistir a tu incineración, no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.
André Gorz era un judío austríaco “carente por completo de interés, no tiene un céntimo, escribe”: así se lo presentaron formulariamente a la inglesa Dorine, cuando ella llegó a Suiza en 1947 con un grupo de teatro vocacional. La esperaba otro hombre en Inglaterra para casarse con ella. Pero Dorine prefirió subirse a un tren con Gorz rumbo a París. Allí trabajó de modelo vivo, recogió papel usado para vender por kilo, fue lazarillo de una escritora británica que se estaba quedando ciega, mientras él escribía en una buhardilla. También aprendió sola alemán (él se negó a enseñarle; había jurado no volver a usar esa lengua cuando lo corrieron de Austria), para ayudarlo en el relevamiento de la prensa europea que él hacía para una agencia y que se convertiría con el tiempo en su sello de estilo: el cruce entre filosofía y periodismo de sus potentes ensayos breves. Antes, Gorz debió fracasar con una novela que pretendía ser un magno ensayo totalizador sobre la época, y hasta mereció un prólogo de Sartre (El traidor). La novela llevaba al paroxismo ese mirarse el ombligo sin pausa de los existencialistas franceses (“En tanto individuo particular, él no veía relevancia alguna en que alguien se le uniera como individuo particular. No hay relevancia filosófica alguna en la pregunta Por Qué Se Ama”). En el resto de sus libros, Gorz es el exacto opuesto de esa voz: nunca impostó, nunca se puso en primer plano, nunca se miró el ombligo al teorizar, nunca escribió otra novela tampoco; se lo considera el padre de la ecología política. Vaya a saberse qué significará eso dentro de unos años. Pero aun si la obra de Gorz termina siendo con el tiempo apenas una nota al pie de su época, será porque fue de los poquísimos intelectuales franceses de ese tiempo (el que va de la Guerra Fría y las guerras de liberación a las crisis del comunismo y la crisis de la política) que no cayó en ninguna de las trampas de la inteligencia. Esa fue su virtud, su manera de hacer filosofía y periodismo a la vez.
En aquella carta que escribió a Dorine antes de morir, Gorz le dice: “Nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad. Por momentos necesité más de tu juicio que del mío”. No fue el único en valorarla de esa manera. Sartre, Marcuse e Iván Illich se enamoraron en distintas épocas de esa mujer impenitentemente discreta. Pero ella prefería a Gorz. El también la prefirió a ella: dos veces cambió literalmente de vida por influjo de Dorine. La primera fue a los cuarenta, cuando ella descubrió que había contraído una enfermedad incurable por culpa de una sustancia que le habían inyectado para hacerle radiografías: la medicina se lavó las manos del caso y ella comenzó una cadena de correspondencia con otros aquejados del mismo mal, que no sólo le dio décadas de sobrevida sino que llevó a Gorz a cambiar el eje de su discurso; en las reacciones de Dorine vio los rudimentos esenciales de aquello que llamaría ecología política (ese lugar donde se tocan el pensamiento de Sartre con el de Marcuse y el de Iván Illich y el de Foucault). La segunda vez fue a los sesenta, cuando decidió jubilarse antes de tiempo para dedicarse jornada completa a Dorine: a hacer la misma vida que ella primero, y después a hacer para ella las cosas que ella ya no podía hacer (“Labro tu huerto. Tú me señalas desde la ventana del cuarto de arriba en qué dirección seguir, dónde hace falta más trabajo”).
El suicide-à-deux de Gorz y Dorine tiene dos antecedentes sobre los cuales han corrido ríos de tinta: cuando Stefan Zweig bebió y dio de beber a su joven segunda esposa un frasco de barbitúricos diluido en limonada en un hotel de Petrópolis, Brasil, adonde había llegado huyendo de la Segunda Guerra; y cuando Arthur Koestler hizo lo propio junto a su esposa de siempre (y a su perro de siempre, también), en su casa de Londres, huyendo del Parkinson que lo estaba devorando. En ambos casos hubo nota suicida, en ambos casos el rol de la mujer es tristemente pasivo, en ambos casos hay una atmósfera opresiva y amarga que la última escena de Gorz y Dorine logra evitar casi por completo.
En aquella carta postrera, Gorz le hacía una tremenda confesión a su esposa: “Durante años consideré una debilidad el apego que me manifestabas. Como dice Kafka en sus diarios, mi amor por ti no se amaba. Yo no sabía amarme por amarte. Me diste todo para ayudarme a ser yo mismo y así te pagué”. Gorz había visto una vez a Dorine decirle con toda naturalidad a la Beauvoir: “Amar a un escritor implica amar lo que escribe”. El mismo le había dicho a Dorine, la noche en que logró conquistarla en Suiza, en 1947: “Seremos lo que haremos juntos”. Pero recién tomó cabal conciencia de lo que decían aquellas palabras cuando terminó de escribir aquella carta, subió por última vez aquellas escaleras y se acostó para siempre en aquella cama, junto a la mujer con la que había compartido, día tras día, sesenta años seguidos, desde aquella noche en Suiza. “Afuera es de noche. Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.
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jueves, 14 de julio de 2011

pedí un deseo!!!

FELIZ cumple!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

sábado, 9 de julio de 2011

Dulce sueño

Al lado mío el 'vavau', el 'bebé', el 'tiguer', osito, mi cobijita, la almohadita...uf! estamos todos apretaditos en mi cuna.
Me acomodo entre ustedes y cierro los ojitos, mamá me hace "shhh" despacito, me hace unos cariñitos y le tira la colita a la vaca que flota ahí arriba desde el barral así toca esa musiquita tan dulce...
después soñaré con ustedes y dormida me escucharán decir "bebé!" mientras sonrío, o aplaudir alguna gracia o darme un abrazo con alguno... los puedo llevar de paseo por el parque con flores grandes y rosas y perseguir juntos las mariposas que vuelan...
Si tengo un mal sueño mamá y papá estarán cerquita nuestro amiguitos. Asi que no teman, duerman tranquilos...
Shh!!! y no se ocupen todo el lugar que la cuna es mía che!

miércoles, 6 de julio de 2011

Mi abuelo


Tengo un recuerdo casi extático de mi abuelo el “Tata”.

Todo un semblante de confianza en mi apuesta, siempre apaciblemente sonriente, siempre (salvo esos momentos en que en la mesa fuerte y seco se oía su mano y su bramido: “¡mujer!” y mi abuela salía al trote hacia la cocina) tranquilo, siempre dispuesto con su meditativo silencio. Y su apacible sonrisa.

En la época de mi abuelo debe haber sido -por lo menos- muuuuy difici conseguir cannabis, asi que no puedo atribuir esa sonrisa a un porrito. Entonces de donde provenía esa inmutable sonrisa?

Mi abuelo fué un hombre feliz, aún en los momentos más dolorosos de su vida, fue un hombre tremendamente feliz.
De donde provenía esa felicidad es y será para mí un misterio (que algo tiene que ver con el Cielo).

Recuerdo su muerte, yo tenía 18 años, me tocaba quedarme a cuidarlo, y él me cuidaba a mi. Después en la otra internación cuando finalmente fallece y mi madrina me cuenta luego que las últimas palabras de él para mí fueron “que cuide a la abuela”.

Tal vez por eso, no fui al velorio ni al entierro de mi abuela. Pensando en el más allá: ya mi tarea había concluido, era el momento de encontrarse con ella, yo estaba de más.
Más acá la historia era otra, y el asombro de que porqué yo (el preferido de la abuela) no fui a su entierro.

Pero desde donde yo estaba, se veía a mi abuela liberada de este mundo, y a mi abuelo recibiéndola con esa sonrisa plácida y ahora eterna.

lunes, 4 de julio de 2011

El Ritual de ir a dormir.

Todas las noches mas o menos igual sucede lo mismo a la misma hora: el papá después de estar un rato en el sofá con los niños, después de cenar, el papá se levanta del sofá y la mamá dice: A la cama, vamos!  Y entonces puede ser, y solamente algunos días, -casi la mayoría-, el papá les cuenta un cuento, a veces el papá les declama un cuento, y solo una o dos veces…tal vez tres!, y cuatro también!!! Veces, el papá se transforma en uno de esos piratas, o en el joven que vivía la aventura, o la abuela que le decía “con voz asiiii y asii”, y entonces ellos mismos, se encontrarán en una grandiosa historia como co-protagonistas de la mejor, de la propia.
Entonces escucho a la madre decirle firme pero amorosamente al hijo: “hijo, no tienes nada por que llorar.”